Gracián, hoy como siempre

Baltasar Gracián

Como paradigma del conceptismo, la figura de Baltasar Gracián debe permanecer incólume en la impronta aragonesa. Bien es cierto que las dos caras del Siglo de Oro pesan demasiado: el periodo más nutrido y el de más difícil arraigo.

Un somero acercamiento a la intelectualidad española del S. XVI no deja espacio a Gracián. Boscán, Cetina, San Juan, Fray Luis, Lope, Fernando de Herrera, Calderón, Góngora, Garcilaso y por delante Cervantes conforman una élite que comprensible pero tristemente aboca al verdadero precursor del existencialismo en España a un relegado ostracismo. Imprescindible para el intelectual, pero poco más que el nombre de una calle para el grueso de los semovientes. Incluso para nosotros, venimos del mismo polvo.

Con todo el tino del mundo apunta nuestra hispanista Aurora Egido, en el paralelismo entre Cervantes y Gracián respecto de su visión novelar, que la herramienta de la palabra en ambos era la llave con la que el hombre podía “conocer y remontar mejor sus miserias”.

La hondura intelectual del jesuita, extrapolable -como todo trabajo meritorio- a cualquier emergencia histórica, amén de pesimista encierra todas las claves de la gimnasia mental. El primer aforismo de Gracián que cayó en mis manos y en mis ojos rezaba que “no puede ser entendido el que no fuere buen entendedor”. El consejo, casi implorante en algunos casos, que se sustrae del compendio aforístico debiera ser un mandato reglado que cada cual aplicase para hipertrofiar la agudeza, que es el leitmotiv (soterrado a veces, evidente otras) en toda su obra.

Siempre ha sido absurdo concluir vagamente y con desafección que la sociedad ahora es tal, que carece de tal y caer en la sempiterna bobada de la crisis de valores. Nunca somos, globalmente, mucho mejores ni mucho peores que antes. Tampoco seremos mucho mejores ni mucho peores que ahora. Daremos por buenos, por legítimos y por consustanciales a nuestra naturaleza circunstancias, atributos y características que hoy no aprobaríamos; y viceversa. Lo que sí es mutable y se puede apaciguar o enrabietar es ese espíritu inefable que define lo autóctono y que, mal que pese a quien le pesa, reside latentemente en el carácter de la sangre compartida.

Así Gracián representa en sí mismo, con expresa referencia a sus títulos, un tratado imperecedero de agudeza; una inabarcable necesidad de captación. De Aragón y para España, el aragonés ganará cuanto más asuma los caminos que ya otros abrieron y que, paradójicamente, con enfermiza frecuencia nos dedicamos directa o indirectamente a enfangar, desviando la rectitud de lo inmanente, de lo orgullosamente nuestro.

“Son las paradoxas monstros de la verdad” (B. Gracián “Arte de Ingenio. Tratado de la Agudeza”)

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